El ritual de la rana en el lago Titicaca
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Cuando las lluvias tardan en caer sobre la tierra, los pobladores indígenas que viven en las islas del lago Titicaca entienden que algo debe andar mal en el cielo. Por eso es necesario hacer un sacrificio para invocar el regreso de las lluvias.
En la Isla del Sol, ubicada en el lado boliviano del lago, existe una costumbre muy antigua, quizá única en el mundo, que se practica cada vez que el cielo amenaza a la tierra con la sequía. Guiados por el YAQUIRI, o sacerdote nativo, que estará a cargo de la ceremonia, un grupo de hombres casados desciende hasta la orilla del lago tocando un tambor y haciendo sonar sus quenas (flautas andinas).
El YAQUIRI lleva en sus manos una pequeña vasija de barro adornada con flores silvestres, donde se colocará la ofrenda. Aparte de la música, todos avanzan en silencio.
Al llegar a la playa, el YAQUIRI deposita la vasija en el suelo. Ayudado por uno de los hombres, esparce hojas de coca sobre una mano, las bendice y comienza a mascarlas lentamente. Este es el primer momento, y el más importante, de la ceremonia, pues el YAQUIRI consulta a la coca para decidir si debe ofrecer o no el sacrificio. Si la hoja tiene un sabor dulce en su boca, seguirá adelante; si no, todos regresarán al pueblo.
Si la hoja da su consentimiento al sacerdote, la música se reanuda y los hombres más jóvenes se separan del grupo para buscar las ofrendas entre las rocas de la orilla. Los animales elegidos son pequeñas ranas, que los habitantes del Titicaca consideran sagradas porque las asocian con la lluvia y los ritos de fertilidad.
El YAQUIRI recibe las ranas y las coloca de inmediato en la vasija. Quizá presintiendo lo que está por ocurrir, algunas suelen intentar escapar, pero ya nada puede salvarlas: son la parte más valiosa del ritual. Mientras el YAQUIRI fuma y reza, su ayudante esparce pétalos de flores y hojas de coca dentro de la vasija. No hay un número exacto, pero nunca son menos de tres las ranas que deben quedarse en este recipiente.
Cuando ya han fumado y rezado lo suficiente, el YAQUIRI ordena subir a la parte alta de la isla, donde se llevará a cabo la segunda parte del ritual. Un ayudante carga con cuidado la vasija con las ranas, y los músicos acompañan el ascenso con sus instrumentos hasta llegar a un lugar alto y seco desde el que se domina gran parte del lago.
El YAQUIRI y su ayudante reúnen piedras y las colocan alrededor de la vasija hasta formar un pequeño montículo que oculta por completo la ofrenda. Luego ambos invocan a los espíritus de la tierra agitando sus bolsas de coca. Los músicos tocan con más fuerza para que el sol, que brilla intensamente en el cielo, acepte el sacrificio y envíe pronto la lluvia.
Entonces el sacerdote y su ayudante besan las piedras y, unos instantes después, todo el grupo se retira. La ofrenda está hecha; ahora son las ranas las que deben completar el resto del ritual. En las horas siguientes, el implacable sol del Altiplano empezará a evaporar la poca agua que queda en la vasija, y las ranas sentirán el calor como nunca antes en su vida.
Entonces, atormentadas por la sed, las ranas empezarán a cantar pidiendo lluvia. Si sobreviven hasta el día siguiente, seguirán cantando y suplicando agua hasta que el sol se apiade de ellas y permita el regreso de las lluvias sobre el Altiplano.


